La Compañía de las Hijas de la Caridad es una sociedad de vida apostólica en comunidad, que asume los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que les hacen estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres, en una donación total al Señor por medio de votos anuales. Es una comunidad reconocida por la Iglesia como de derecho pontificio, el 8 de junio de 1668.
San Vicente da a la Compañía una originalidad propia:
“Tendrán por monasterios, las casas de los enfermos,
por celda, una habitación de alquiler,
por capilla, la parroquia,
por claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales,
por clausura, la obediencia
por rejas, el temor de Dios,
por velo, la santa modestia”.
San Vicente de Paúl, Fundador de las Hijas de la Caridad
Su obra la concretó con la fundación de la Congregación de la Misión, cuyo objetivo era anunciar el Evangelio a los pobres y ayudarles en su miseria. Con las mujeres que querían entregarse a esta noble misión, formó la Compañía de las Hijas de la Caridad, dirigidas en sus inicios por Santa Luisa de Marillac, quien se convirtió en cofundadora, especialmente de la labor educacional. A continuación se presentan algunos rasgos de la vida de este gran hombre: Vicente de Paúl nació en un pequeño pueblo llamado Pouy, en Francia. De niño fue iniciado en el trabajo de una granja: cuidaba cerdos. Siendo ya joven, Vicente se despidió de sus padres e ingresó al seminario, siendo ordenado como sacerdote a los 19 años. Vicente entró al servicio de la familia Gondi, que era gente muy rica e inició allí su trabajo como preceptor de uno de sus hijos; aprovechando su cargo con esa familia y, debido a los frecuentes viajes de los Gondi, enseñaba el Catecismo y evangelizaba a la servidumbre y a los campesinos. Al mismo tiempo recibió en confianza una nueva tarea: se encargó de la cárcel de las galeras. Se desvivió por estos presos y se cuenta que un día visitando una galera tomó el puesto de un remero que estaba agotado por el esfuerzo y por los latigazos. Vicente comenzó a formar grupos de mujeres que ayudaran a los pobres. Aquí apareció en su vida Santa Luisa de Marillac, con la cual trabajó por la caridad fundando la Compañía de las Hijas de la Caridad. En compañía de esta santa organizaron las caridades llevando amor a niños desamparados, ancianos y enfermos. San Vicente enfermó con los años y murió..., pero su mensaje es vida constante: ayer, hoy y mañana. San Vicente estará vivo mientras haya alguien que por amor renuncia a su propia vida para ofrecerla al más pobre
En 1581 la Providencia de Dios se manifiesta con el nacimiento de Vicente de Paúl, hombre que triunfó en la vida, dándose al servicio de los más necesitados. Su acción la orientó enteramente a los pobres, redimiéndolos y ayudándolos a reconocer su dignidad de hombres.
Santa Luisa de Marillac, Co-Fundadora de las Hijas de la Caridad

Fue Santa Luisa la primera en contagiarse con ese amor sin límites por el servicio a los más pobres.
Nació el 12 de agosto de 1591. Tras una infancia y juventud, llenas de infortunio y sufrimientos, contrajo matrimonio el 5 de febrero de 1613. Ella dirá que estuvo marcada por la cruz desde el nacimiento y casi a ninguna edad dejó de sufrir. Fruto del matrimonio fue un hijo, Miguel, objeto de preocupaciones y penas para la madre. Enviudó el 21 de diciembre de 1625.
Quiso la Providencia que Luisa cayera bajo la dirección del sacerdote Vicente de Paúl, que la orientó hacia el servicio de los pobres, hasta llegar a fundar la Compañía de las Hijas de la Caridad, el 29 de noviembre de 1633. Como educadora y superiora de las primeras Hermanas, Luisa supo imprimir en ellas, con la ayuda de su Director, el espíritu propio de las Hijas de la Caridad: humildad, sencillez y caridad, permaneciendo siempre en actitud de siervas de los pobres. Dios le concedió el don sagrado de la oración.
Murió en París el 15 de marzo de 1660, seis meses antes que Vicente de Paúl. Fue beatificada el 9 de mayo de 1920 y canonizada el 11 de marzo de 1934. El Papa Juan XXIII la proclamó celestial patrona de cuantos se entregan a la acción social cristiana. Su fiesta se celebra el 15 de marzo.
Catalina Labouré, la Santa del silencio

Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Sma. Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición. Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.
A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: "Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos". La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.
Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dio cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.
El 27 de noviembre de 1830 estando Santa Catalina rezando en la capilla del convento, la Virgen María se le apareció totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Ella le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen María "M", y una cruz, con esta frase "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti". Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.
Catalina le comentó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote al darse cuenta de la santidad de Catalina, intercedió ante el Arzobispo para obtener el permiso para hacer las medallas y por ende, los milagros.
Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido.
Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales.
En 1947 el santo Padre Pío XII declaró santa a Catalina Labouré.
Santa Catalina Labouré y la Medalla Milagrosa

La Medalla Milagrosa debe su origen a las apariciones de María Santísima, Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen de los Rayos, en 1830 en la Capilla de la calle Bac, en París.
El sábado 27 de noviembre de 1830, la Virgen Inmaculada se apareció a Santa Catalina Labouré, Hija de la Caridad, y le confió la misión de hacer acuñar una Medalla, según el modelo que ella mismo le reveló con las siguientes palabras:
“Haz acuñar una Medalla igual a este modelo, las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias, sobre todo si la llevan pendiente del cuello. Recia todos los días la jaculatoria: ’¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti!’ ”.
La Medalla se propagó inmediatamente en forma prodigiosa. Se obtuvieron por su mediación innumerables gracias de conversión, de protección y de curaciones en diferentes partes del orbe. En Chile, la Iglesia de la Casa Provincial, ubicada en Venecia 1640 de la comuna de Independencia, se ha constituido en un verdadero Santuario Mariano en honor a la Virgen de los Rayos, realizándose peregrinaciones al lugar permanentemente y los días martes a las 19 hrs. Se efectúa una liturgia especial, solicitando gracias para los peregrinos que acuden al lugar.
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